Los niños juegan entre las lápidas y aseguran que los que se drogan son los que dañan el cementerio.

A contramano de lo que a la mayoría le podría provocar, a los vecinos del asentamiento Facundo Quiroga de Joaquín V. González les asusta más las lluvias y la pobreza que vivir a escasos metros del cementerio municipal del pueblo.

El barrio fue noticia más de una vez por incontables inundaciones. A pesar de tener ya diez años, la situación persiste, y las familias, mayormente compuestas por madres solteras, están lejos de pensar en irse. En la medida que pueden preparan sus terrenos para darle pelea a las inminentes lluvias de verano y van sumando “piecitas” a sus casas que comenzaron como ranchos.

Karina Velarde vive allí hace 7 años. Se mudó a un pedazo de tierra a cincuenta metros del cementerio con sus ocho hijos porque no tenían “a dónde ir”. Consultada sobre la experiencia de vivir cerca del cementerio, aseguró que es “feo”, y haciendo referencia a la lluvia, mientras colgaba la ropa en la soga, agregó: “Se llena de agua y no podemos salir”. En tanto, uno de sus hijos menores prepara el carro con el caballo y cuenta que no le teme al cementerio. Karina insiste con la promesa de los postes de luz en las calles del barrio. En su casa logró acceder a la electricidad gracias a que comparte la luz con su vecina, con la que paga las facturas “a medias”.

En Joaquín V. González existen dos asentamientos cercanos al cementerio. Uno es Nueva Esperanza y el otro es Facundo Quiroga, el más cercano. En este último, plásticos o chatarras hacen de protección a las familias que llegan a habitar a menos de diez metros de las lápidas.

Fernanda Vázquez tiene 27 años y también es madre soltera. Al no tener trabajo estable, no pudo continuar pagando el alquiler y se “tuvo que meter” al asentamiento con sus dos hijos hace dos años. Aunque ella tampoco teme vivir cerca del cementerio. “La gente sí me pregunta si no me da miedo”, dice, y ella responde que no. Lo que le da miedo es la precariedad.

“Los muertos son un vecino más”, bromeó Julio Vázquez, sentado en la galería de su casa, a diez metros de la lápida más cercana. El anciano de 76 años aseguró que ya está acostumbrado. Si bien no se lamentó por su situación porque “hay gente peor”, comentó, como lo hicieron otros vecinos, que les gustaría que hicieran una tapia para estar “más aislados”. “Hace rato que viene la promesa que iban a tapiar, pero nunca lo hacen”, advirtió.
La única visita que acusan recibir los vecinos de los funcionarios públicos es cuando los llevan “cuando se nos moja todo”, dijo Olga Palma, o cuando “vienen con las promesas de elecciones”, agregó Julio Vázquez.
Carla y su hermana Rocío Medina se criaron en el asentamiento. Fueron de las primeras familias que se asentaron allí hace 10 años, junto con su mamá, que las crió sola. Aseguran que nunca tuvieron miedo ni vergüenza de vivir allí, aunque sí tuvieron que soportar que les pusieran apodos por vivir cerca del cementerio municipal. Más allá del acostumbramiento, ambas aseguraron que “es pésimo vivir acá porque a veces viene un olor feo porque los chicos aquí se drogan y rompen las tumbas”.

Se niegan a irse

Los vecinos de Facundo Quiroga coinciden en pedir mejores condiciones. Pero muchos de ellos no están dispuestos a abandonar sus terrenos, por lo que piden como solución que se cierre el cementerio y se mejoren las condiciones de las calles. No se irían porque no están dispuestos a dejar lo “poco” que consiguieron con mucho esfuerzo. Como Ángel Vázquez y Olga Palma Córdoba.
La pareja anteña vivía en Salta Forestal con su hijo de cinco años. Apenas llegaron al lote tenían un rancho armado con algunos plásticos. Aseguraron que llegaron a rellenar su lote con cinco camiones “pagados por nosotros mismos”, destacaron. La casa hoy ya tiene algunas habitaciones. “Estamos tratando de rellenar por las tormentas, cuando llueve mucho se llena, se nos rompen las cositas”, contó Olga, de 21 años. La mujer y su marido son pensionados, suman esos dos ingresos más la jubilación del padre de Olga con el que finalmente hacen un bolsillo en común. Con el dinero de los tres adultos de la familia fueron armando su casa por etapas.
Ese mismo esfuerzo con el que levantaron su vivienda, es al que apelan para negarse a dejar los lotes: “Ya no me iría, mire lo que hicimos. De a poco vamos haciendo, pieza por pieza. Nosotros no teníamos nada, teníamos un ranchito cuando llegamos aquí y hemos luchado hasta que pudimos comprar cositas”, destacó Olga. “El año pasado hasta ahí llegaba el agua. Aquí es como un río. Cuando llueve mucho nos llevan para el Complejo, a donde vamos cuando se nos moja todo”, agregó. “Qué va a hacer… Uno no tiene a dónde ir y tiene que ir a cualquier lado”, se lamentó su esposo.
La mayoría de las mujeres del asentamiento son madres solteras y subsisten con lo que reciben de Asignación Universal por Hijo. Consultadas por la posibilidad de conseguir un trabajo, coincidieron en que es algo difícil. Aseguraron que los sueldos que podrían percibir por un trabajo que no les exige un título ni experiencias previas no les alcanza para pagar una niñera que cuide a sus hijos mientras ellas trabajan

Silvia Noviasky- Diario El Tribuno
Foto: Javier Corbalán

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *